Primeros encuentros con el Sr. Gurdjieff
Michel Conge

El Sr. Gurdjieff enfatizaba que el hombre se olvida de sí mismo, olvidándose de la semilla que está dentro de él, volviéndole la espalda a esta realidad, la única realidad que hay. Y al hacerlo, aumenta su sufrimiento, empeora su estado, acelerando su propia ruina así como también la de otros, y aumentando el Sufrimiento del Creador, porque de cierta manera, el Creador está en el hombre.
La única dirección es conectarse. Nuestro rol es comprender las leyes que gobiernan el Universo para no contravenirlas, y así permitir y ayudar a la transmutación… Rechazar todo lo que disipa, ir hacia lo que une; no aceptar lo que diluye, buscar lo que concentra; irse de todo lo que degrada la energía.
Cada ser, en su propio nivel, debería formar el puente entre lo que está arriba y lo que está debajo. Deberíamos tratar de encontrar estos tres niveles en nosotros mismos. El Sr. G. vino a atestiguar –a recordar, a anunciar, a conectar, a preparar- a hacer lo que sea necesario para hacer este enlace posible. El Sr. G. de esta forma, me parece como un puente entre nosotros y el Mundo. ¿Podría alertar a aquellos que están en el otro lado, que si nos abandonamos a nuestras propias maquinas, estaremos perdidos? Esto hace que me dé cuenta que mientras él tenía realmente el rol de puente, a través de este rol, el previno que nosotros lo consideremos como la meta, o lo confundamos con el “Principio”. Por eso, sería un error de nuestra parte, traicionarlo, si hacemos de él un Dios. No permitamos que la enseñanza sea una nueva religión con G. como su baluarte. El parece mucho más grande para mi, por haber sabido permanecer como “aquel que prepara el camino” –igualmente indiferente a todos los elogios y todas las críticas.
Conocí al Sr. G. Pero acaso piensan que el primer año, ¿podía decir de él fácilmente que era tal o cual? Yo recibía tal avalancha de choques, no siempre desagradables, y tanta energía que no sabía que hacer con ella, y en aquellos días yo hubiera pasado un mal momento si hubiera escrito o dicho a alguien como era el Sr. G. Aun así algo estaba trabajando incesantemente en mí. Es interesante ver como él nos colocaba en condiciones que nos hacían voltear patas arriba. ¡Y esto era bueno! ¿Cómo podíamos esperar salir del circuito cerrado en el que estábamos, sin ser sacudidos un poco? ¡Imposible! Su conducta podía ser completamente impredecible, con el objetivo de que nos movamos, de que nos desviemos de nuestra errónea visión de nosotros mismos, o para regresarnos a nuestro interior. Ese era uno de sus pequeños secretos. Con una economía de medios, él podía darlo vuelta como a un panqueque, llevándolo a la derecha o a la izquierda y luego dejarlo atascado. Uno se daba cuenta que había sido descarrilado y trataría de aprender la lección de ello. Cuando esto pasa siempre produce un efecto peculiar. Uno viene a verlo con un cierto estado de ánimo y un cuarto de hora más tarde, uno se encuentra en un estado completamente diferente. Era demasiado extraño, y uno siempre se maravillaba que pudiera haber sucedido. Después de muchos años, uno se prometía no ser atrapado así de nuevo, pero…
La verdad es que el hombre no tiene la más leve idea que él está formando los palos con los que después será golpeado. Uno mantiene una suerte de ilusión de sí mismo que se revela todo el tiempo y que inevitablemente lo hace vulnerable. Si pudiésemos ser lo que Somos, sin todos esas ilusiones, esta basura, estas falsas imitaciones, podríamos ser invulnerables.
Cuando uno se encontraba cara a cara con él y si uno estuviera libre de las fantasías mentales y emocionales, en un estado más cercano a lo que uno es en esencia, entonces no importaría lo que él le dijera. Mas aún, en tales momentos –era una prueba- él arremetería con terribles resoplidos, palabras filosas, pero no habrían de tener efecto de ninguna manera. Tengo aun en la memoria cuando él decía: ¡Ah, ah! Aquellos momentos fueron sorprendentes. Uno sabía que la batalla había terminado y que él nos dejaría descansar porque necesitábamos reunir energía de nuevo para el siguiente encuentro. Y lo amábamos en ese momento. Estábamos verdaderamente agradecidos a él.
Ocurría frecuentemente que me encontraba con él a solas en un “tete-a-tete”, a tomar “buena taza de café y hablar esto y aquello”, como él decía, aunque yo no concurriera con alguna pregunta precisa. Por eso yo me decía a mí mismo: “Yo no debería dejar que este momento pase en vano”. Yo buscaba en mí mismo algunas preguntas o algunos problemas para traérselos. Yo le diría: “Señor, como puede entenderse esto y esto?” Y entonces, lo más extraordinario no eran sus respuestas sino sus silencios. Ellos se alargaban por minutos. Y dentro de mí, todo se desplomaba: mi charla, mi impaciencia por tener una explicación, mi deseo de tener una ventaja al estar con él, y entonces… yo me encontraría a mí mismo de nuevo, solo conmigo mismo.
Muchos otros han tenido la misma experiencia. Eran estos extraordinarios silencios en los cuales uno se precipitaba como un pobre tonto haciendo las preguntas incorrectas o preguntando de forma inadecuada. Los silencios daban una sorprendente profundidad a las charlas que uno tenía con él. Ellos sacaban a la luz la secuencia “conocimiento-comprensión”…. Y de repente algo estaba allí… Una vez que uno experimentara este encuentro cara-a-cara, uno podría sentir que la mayor parte del tiempo seguimos despacio tras las asociaciones mentales y emocionales y que lo importante no es hacer esto, sino ir y ver por sí mismo. El Sr. Gurdjieff no nos dio una respuesta y al no responder, él nos respondió mucho más.

Primeras cenas
Fue en el día de San Miguel, en el día de mi santo, que por primera vez hice el camino al departamento del Sr. G. Yo no era el único que iba por primera vez, y en el encuentro previo la Sra. De Salzmann al reunirnos a todos, nos puso en guardia durante bastante tiempo. Sabíamos que lo peor podría pasar y especialmente, lo que menos esperásemos. “Estén atentos, sean vigilantes”, también creo que había dicho en su comentario final. “Ahora él es su Maestro. El los pondrá a prueba y si Uds. no se recuerdan de sí mismos, yo no podré hacer nada por Uds.” Por eso fue con una profunda aprensión que yo entré en su departamento la primera tarde. Siempre me sorprendía cuando leía las descripciones de otros que experimentaron estos primeros encuentros, notando que ellos invariablemente enfatizaban el asombro acerca de cómo las habitaciones habían sido decoradas. Verdaderamente, yo tenía otras inquietudes.
¿Que había sido un intercambio de grupo o una lectura? Imposible recordar. Durante la cena me senté al lado de Mme. De Salzmann, y enfrente del Sr. Gurdjieff. El me pareció muy amable y me explico -lo que nunca dejaba de hacer- que al principio eran siempre “Rosas, rosas”. Me concedieron en mi honor unas delicias gastronómicas, pero nada me sorprendió mucho, mi madre amaba cocinar platos exóticos y yo los disfrutaba. De alguna forma dudaba que estuviera comiendo carne de oso o salsa de camello. El Sr. G sintió esto y parecía un poco indignado con el pensamiento de que yo no le creía, pero yo no estaba ciertamente dispuesto a lanzarme a un debate acerca de la veracidad de sus afirmaciones. No tenía que juzgar nada, y no tenía el más leve deseo de aventurarme en tan peligroso territorio. Era más bien prudencia que debilidad. No me importaba mucho de cualquier modo, dado que no había venido para eso. ¡Al diablo con la carne de oso!
Cuando llegaron los brindis, él me invito a que eligiera mi categoría de idiota para la próxima cena. “Dígale al Director, qué idiota es.” Y dado que estaba sentado allí y perplejo, y para decir la verdad, bastante irritado, el me explico, de una forma que no explicaba nada, que los idiotas redondos eran redondos y los idiotas cuadrados eran como esto: dibujó un cuadrado en medio del aire; o los idiotas zigzagueantes, “como mujeres histéricas”. Todo esto me molestaba; no me gustaba aventurarme en áreas que no comprendía. “Próxima vez”, él repetía. Pero yo pensaba, “no, no elegiré. Además el probablemente se olvidará.” Oh, ¡cuán ingenuo yo era!”.
Cuando la cena termino, pensé que había pasado la prueba bastante fácilmente. De hecho, no había comenzado aún. Pasaron dos o tres noches, y todavía no había elegido mi tipo de idiota y no tenía el deseo o la razón de hacerlo. Entonces una noche el Sr. G. abruptamente detuvo al Tamada (director de los brindis) diciendo: “¿el doctor no elegir idiota?”
-“No, señor,” dijo el director.
-“Bien, elija ahora”. El tono era perentorio.
-“¡Señor, no comprendo nada acerca de esto! ¿Cómo podría elegir?
-“¡No, no, elija! Ud. detiene todo. ¡Director, espere!
Yo tenía que lograr atravesar esto de alguna manera. Todos estaban mirándome. Yo suplicaba por alguna señal de parte de la Sra. De Salzmann, pero ella me miraba con frialdad. Yo podría haber replicado cualquier cosa, pero realmente no quería hacerlo, habría sido deshonesto. Era mejor que demostrar alguna destreza, aparecer en tal situación modesto. Lo que significaba que opté por un “idiota ordinario”. Eso me pareció especialmente inteligente de mi parte.
-“Oh, Doctor, en eso no encaja! Ud. idiota superior.”
Yo no vi evidencia de superioridad, pero di la impresión de que lo había aceptado. Hubo unas pocas risas fuera de lugar! Y fui reconocido por el Director, quien en el segundo brindis, se volvió en mi dirección diciendo: “y a su salud también, Doctor.”

La primera pregunta
Solía ir tres veces por semana al departamento de la calle del Coronel Renard, pero aunque yo hablaba feliz en el grupo de la Sra. De Salzmann, tan pronto entraba el Sr. G en la habitación, mi boca se secaba. Había llegado a ser incapaz de formular incluso la más pequeña observación. Había aprendido una cosa: era inútil ocultarse en el fondo de la habitación, aquellos que lo hacían eran infaliblemente señalados. Había entendido durante todo ese tiempo que era solamente en la hilera del frente que uno tenía la chance de no ser notado. Este conocimiento había resultado de las profundas reflexiones de un burro en la escuela secundaria, donde había aprendido solo una cosa… el arte invaluable de hacerse uno mismo invisible.
Entonces me sentaba a la derecha de los pies del Sr. G. y raramente él me veía. Cuando lo hacía, él me decía amablemente: “Doctor, no tiene pregunta? Ud. me interesa”. Y yo respondía, “No señor, no entiendo nada.” Y eso era absolutamente cierto. Yo me dejaba penetrar por su influencia. Sentía su presencia. Mi mente no guarda memoria de las horas que pasaba cerca de él, pero en las profundidades de mi esencia algo había sido tocado y amasado, reordenado. Y sé ahora que mi buena fortuna yacía en eso: yo estaba recibiendo con el corazón.
Entonces un día decidí que tenía que hablar con él. Tenía una pregunta muy precisa, y pasé toda la semana intentando formularla hasta haberla aprendido de memoria. Esa noche, en el subte camino a su departamento, ensayé cómo y qué preguntar. Cuando llegué, me senté preparándome para hablar. Pero entonces uno de los “idiotas” habló antes. Desastre! Antes de que pudiera rehacerme, una segunda persona hablo. El tiempo se acababa. Tenía que hablar con él esa noche a cualquier costo. Quién sabe si alguna otra vez hallaría el coraje de hacerlo de nuevo. Finalmente escuche mi voz haciendo la pregunta. El Sr. G dijo: “Ah…” y parecía escuchar atentamente, y entonces apenas hube finalizado, prorrumpió en una larga discusión en ruso con la Sra. De Salzmann sobre lo que era obviamente, un tema completamente distinto.
Diez minutos más tarde, se detuvo y dijo: “Oh! Doctor, disculpe! Ud. hablo. Pienso, pero olvidé lo que dijo.” El parecía tan compungido que reuní suficiente coraje para repetir mi pequeño relato, pero las palabras parecían sin peso. Èl dijo: “Hm! Hm! Y se fue a la cocina. En su ausencia, nadie habló. Cuando regresó, yo aún tuve la fuerza para decir: “Señor, le hice una pregunta”. “Ah!” Y acotó: “Dígame!” Y por tercera vez le dije mi ahora completamente pobre y vacío relato. Él dijo: “Me recuerda la caja de fósforos. Ayer compré fósforos y hoy no sé donde los puse.” Yo no veía la conexión. Notando que mi expresión no mostraba ni disgusto ni irritación ni debilidad, él de repente comenzó a hablarme como lo hace un padre. Había pasado la prueba. Y le puedo asegurar que solo si uno ha pasado por esto, entenderá lo que cuesta.

Yo soy consciencia. Siempre lo olvido. Yo soy una consciencia involucrada en este momento con una cierta forma de organización. Desde el nacimiento yo soy una consciencia. Yo no lo sé hoy -o más bien lo imagino, pero no puedo experimentarme en esa forma. Pero gracias a toda la complejidad de las funciones, de los centros que permiten esta corriente de dos direcciones, podemos dejar la esfera de la teoría y entrar verdaderamente en la realidad.
Debemos admitir que esto es algo que merece ser examinado. Tratemos de alejarnos de esa actitud que es estrecha y especialmente demasiado subjetiva, demasiado negativa. Esa es nuestra posibilidad.
Yo soy consciencia.....Que consciencia?
Si esto me toca y lo acepto, entonces realmente buscare comprender, y trataré de ver claramente que nivel de consciencia aparece en mi. ¿Es muy alto? En la medida en que soy capaz de discernir un poco, ¿no es claramente mucho más débil de lo que desearía? ¿No siento en ciertos momentos que debería ser o debería desear ser infinitamente más consciente, dado que por definición estoy destinado a ser conciencia? Esto es algo que puedo aceptar, es un aspecto de mi búsqueda: verdaderamente deseo ser más consciente. Por eso tratemos de comprender realmente que para que la conciencia aparezca, algunas condiciones son necesarias. Se necesita un vehículo adecuado; si el vehículo es tosco, el nivel de conciencia que aparezca será muy rudimentario.

Que vehículo ofrece usted a esta magnitud infinita de conciencia? Su Cuerpo y sus funciones. Una máquina, de seguro, pero una máquina bastante rudimentaria. Pero dado que todo es una máquina, como lo puedo ver, para alcanzar otros niveles de conciencia, tengo la posibilidad de ofrecer a esta magnitud, un organismo, una organización, que sea mucho más refinada. Por eso, yo continúo siendo una máquina pero veo, y aquí es donde la transformación del alimento en la máquina comienza, que puedo alcanzar un estado de ser que es aún una organización, o sea una máquina, pero una que ofrece un vehículo nuevo a la conciencia. Esto es el principio de los cuerpos, o de las diferentes almas, de las que hablaba San Pablo. (Corintios,15:44)
Entonces veo que la máquina me permite acceder a más conciencia o menos conciencia, esto es, me permite vivir más conscientemente o menos conscientemente. Si acepto esta idea, la cual es tangible y perceptible, entonces veo sobre lo que puedo trabajar. Dado que no puedo trabajar directamente sobre la conciencia, ya que es imposible, sino solo indirectamente, si proveo una organización mejor adaptada, recibiré la iluminación de un nuevo nivel de conciencia. El trabajo es posible bajo esta organización.
Que podríamos hacer sin está organización? Nada. Y el hombre, como los otros seres, estaría condenado a permanecer en su propio nivel por siempre. Recuerde lo que las Escrituras nos han dicho con tanta insistencia: el hombre es una criatura que quizás sufre mucho y tiene unas condiciones terribles, pero es la envidia de todos los seres de la creación. Pero no respondemos a esta oportunidad. Algo en mi puede decirme: "Responde! Actúa! Ten un testigo!" Pero no puedo llevar un Testigo, no puedo responder, si niego -quizás porque mi orgullo ha sido herido-, si niego el hecho de que soy una máquina. Es porque soy una organización, que puede ser infinitamente más compleja, ya que estoy construido de esa forma, que soy capaz de responder, que soy capaz de llevar un testigo.
No forzamos nuestra subida por la Escalera Universal...esto es como mi personalidad ordinaria actúa, esa es la forma como trabajo hoy -siempre intentando "hacer". No escalamos. Los Titanes intentaron alcanzar el cielo, y sabemos lo que les pasó. No escalamos, eso no es posible, pero sí podemos prepararnos internamente. Trabajar es a la vez posible y también de acuerdo con las leyes. Puedo trabajar de tal manera, para ser capaz de convertirme en un organismo que responda a cierta calidad de consciencia. Entonces conoceré, más y más, que yo soy consciencia, y agradeceré al Creador por haberme provisto de esta posibilidad.
Este es un tema importante, y me gustaría disipar la falta de comprensión acerca de la idea de ser una máquina. Esto no es una afrenta. Realmente no lo es.