CONFERENCIA DE LANNES

Él, y sus ideas formaban un todo

Transcripción de una conferencia de la Sra. Lannes

Londres, 29 de Octubre de 1957

Cuando las ideas de la enseñanza del señor Gurdjieff me fueron expuestas por primera vez, por la señora de Salzmann, aún no se había publicado nada y el nombre de Gurdjieff me era totalmente desconocido. En aquel momento, yo no buscaba un Maestro, aunque me había planteado muchas preguntas: no podía pensar que una enseñanza real y un verdadero maestro pudiera existir, no creía que eso fuera posible en nuestros días.

Cuando las recibí, el impacto de esas ideas me redujo al silencio. No podía apartar mi mente de ellas. Me perseguían día y noche. Sentía que eran verdaderas.

Me encontraba aún en esa conmoción, cuando fui presentada al señor Gurdjieff. En aquella ocasión quedé totalmente desconcertada. Lo que sentí, evidentemente, fue el impacto de su fuerza tranquila y controlada, y sin embargo casi intimidante y, más que todo, la fuerza de su presencia total, una presencia que uno sentía que se prolongaba hasta la punta de sus dedos. Ella daba sentido a todos sus movimientos que parecían mucho más vivos que los nuestros. Vivos como los de un gato o los de un tigre. También sentí con fuerza su inmensa generosidad: una generosidad de la cual se puede decir que era más que humana.

Tomé entonces conciencia de una enorme barrera, de una separación increíble. Él estaba allí, yo estaba allí, y entre nosotros había un abismo infranqueable. No podía ni

relacionarme con él, ni relacionarlo con sus ideas; todo me parecía desunido, separado.

Una ley se manifestaba allí, sin duda, pero me era casi imposible aceptarlo. Y sin embargo, es a partir de esa primera noche que, semana tras semana, regresé a verlo e intenté trabajar con él; con la ayuda de la señora de Salzmann, sin la cual nada hubiera sido posible para mí, y probablemente para ninguno de nosotros en París.

Ése fue el comienzo de una serie de nuevas experiencias interiores muy fuertes, muy exigentes. El señor Gurdjieff aludía a las ideas algunas veces, pero nunca las exponía directamente. Nos daba tareas y ejercicios para acceder al verdadero Trabajo. A veces nos sacudía, nos hacía reaccionar de diferentes maneras. Poco a poco comenzamos a discernir nuestro camino y a esforzarnos por seguirlo, aunque nos sintiéramos todavía apenas al comienzo. Durante ese primer período seguía siendo incapaz de relacionarme con él, si bien sabía interiormente que me sería imposible continuar sin él.

¿Qué representaba él?, ¿quién era?, ¿qué significaba este ser, esta fuerza?

Recuerdo estar asediada incesantemente por esta profunda y dolorosa pregunta, mientras lo miraba y escuchaba: “¿qué hay pues, entre usted y yo?”

¿Cuánto tiempo mantuve esta pregunta? No puedo decido exactamente, tal vez dos años. No trataré de describir este período extraordinario. Comidas, lecturas, intercambios, clases de Movimientos y grupos nos reunían con bastante frecuencia en torno al señor Gurdjieff. Ése fue para mí el comienzo de experiencias interiores, a veces muy fuertes y maravillosas, a veces muy duras. Tengo la convicción de haber comenzado realmente a reconocer al señor Gurdjieff a partir del momento en que mis ojos comenzaron a abrirse: lo veía tal corno era a medida que yo me volvía capaz de verme. Cuando todos mis valores, todas mis bellas creencias y también, por cierto, mi personalidad exterior, comenzaron lenta y firmemente a transformarse, y otro mundo — aunque todavía fuera de mi alcance—comenzaba a aparecer ante mí, supe que él era la causa de ello. Supe igualmente que yo había venido a él sin nada y que debía agradecerle todo.

Al mismo tiempo, me era difícil creer que todo eso fuera verdadero, que las posibilidades que nos develaba fueran posibilidades reales y no ideas extraordinarias, vestidas con palabras destinadas a sorprendernos o a hacernos soñar.

Que estas posibilidades pudieran volverse realidad era el milagro con que me confrontaba. Estaba ante ese hecho y, a pesar de todas mis dudas, no podía negarlo. Comprendí entonces el sentido de ciertas palabras de tiempos remotos, ; tan usadas y casi olvidadas: “El Verbo se hizo carne”. Comprendí también el sentido de algunas otras palabras: “Y ahora, el Hombre se mantiene de pie ante Tu rostro”.

El señor Gurdjieff era ese hombre. No había ningún divorcio entre lo que enseñaba y lo que era, sus ideas y él formaban un todo.

Me queda algo por agregar. Es una pregunta para todos nosotros, y cada uno debe tratar de responderla por sí mismo: Debemos reconocer a un Maestro en nosotros mismos. Estamos solos ante eso, como lo estaremos ante la muerte. Tal vez digan ustedes: “¿cómo es eso posible? ¡el señor Gurdjieff está muerto!” Es cierto que ya no está “aquí”, y sin embargo es igualmente verdadero que podemos

reconocerlo.

Me dirijo a los que nunca lo conocieron. Desde que nos dejó, muchas personas lo han “reconocido” —y, día a día, otros lo reconocen — como Maestro. Las ideas que ha sembrado generosamente están allí, y él mismo que formaba un todo con ellas. Si reconocernos al señor Gurdjieff y a sus ideas, juntos pueden ejercer una acción sobre nosotros, como ya la han ejercido sobre otros.

Pero reconocer verdaderamente al señor Gurdjieff no es cosa fácil, y la pregunta debe quedar abierta. No podemos responderla más que con nuestro propio despertar y no olvidar jamás que él es la fuente de todo lo que nuestra experiencia interior puede tener de real.”

Henriette Lannes, Dentro de la pregunta